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lunes, 3 de agosto de 2015

MÁS ALLÁ DE LOS REFLEJOS (CONT.)

Imagen robada de Google




Llegamos a la aldea a las tres y media de la tarde; Rocco está nervioso; quizá sea por el viaje tan largo; no lo sé. Yo también estoy nervioso.
Tengo que encontrar a Maruxa; la única persona que vive en esta aldea y que tiene las llaves de la casa. Tras buscarla por los alrededores la encuentro trabajando en el campo.
Es una mujer de unos setenta años, tiene la piel curtida por el sol y el aire, pero  a pesar de las arrugas de su cara de joven debió ser una mujer guapísima; se mueve con bastante agilidad a pesar de los años; viste de luto riguroso, seguramente por a ver perdido a su marido hace tiempo; el pelo gris recogido en un moño; me cae bien solo con verla.
–Buenas tardes ¿Es usted Maruxa? Soy  Iván Carrizo, venía a recoger las llaves de la casa de mi familia. –digo mientras le tiendo la mano.
Ella se limpia las manos de arena con el mandil y me la tiende.  – ¡Ah, carallo! No esperaba que viniese nadie de los Carrizo por aquí después de lo que le paso la última vez que vinieron tus padres. ¡Pobriños! ¿Se supo algo de tu mamá?
Su acento es  de gallego cerrado.
Intento cambiar de conversación. –Solo vamos a estar unos días. He venido con unos amigos, pero tranquila que no se dará cuenta siquiera de que estamos aquí.
 –No, carallo, si a mí me parece bien, así tendré alguien con quien hablar, que esto es muy triste.
La anciana cada vez me cae mejor; me recuerda a mi propia abuela.
Vamos a su casa; me entrega las llaves y me regala una botella vino de su propia cosecha.
–Señora Maruxa ¿Dónde podríamos ir para comprar un poco de comida? No hemos traído nada, pues nos han comentado que por aquí hay muy buena carne. –pregunto antes de salir.
–Idos al pueblo, y en la carnicería decís qué vais de parte de Maruxiña la Flaca. Veras que bien os atiende. Y no me llames señora que me haces más viejiña, carallo.
 – ¡Solatám!, sodot a solatám.
Me giro sobre mis propios pasos y pregunto qué ha dicho.
–Non dicho nada, carallo, estoy cantando.
Juraría que había oído algo, pero sigo sin entender lo que es.
Me despido diciéndole que vendríamos a visitarla; me dice adiós con la mano y una gran sonrisa; la dejo haciendo las labores de la casa.

****

El pueblo más cercano se encuentra a unos treinta kilómetros de la aldea. Llegamos allí a las cinco y veinte, Jaro, Luis y yo; entramos en la carnicería; el dependiente es un hombre gordo, medio calvo, con cara de buena persona. Al hablar su voz retumba por todo el local.
– ¿O qué queres poñer, os nenos? –Los dos me miran. –Qué queremos que nos ponga –traduzco.
– ¡Ah  carallo! ¿Qué non sois de aquí? Perdonarme; sois forasteiros; no dime cuenta, o. –dice el hombre con una sonrisa de oreja a oreja.
–Yo sé un poco de gallego. Mi familia era de aquí. –comento al dependiente.
 – ¡Ah, carallo! Y ¿Quién es tu familia? – Me pregunta con una sonrisa.
 –Los carrizo ¿Los conoce? –La sonrisa se le helo en su rostro. –Bueno y ¿Qué os poño?
 –Nos manda Maruxiña la Flaca. Queremos la mejor carne que tenga, unos chorizos, panceta… vamos, todo lo imprescindible para hacer una barbacoa y para pasar unos días de campo. No querríamos tener que estar viniendo todos los días a comprar ¿No sé si me entiende? –Dice Jaro. Esas son las cosas que no nos gustan de él, cuando se pone tan chulo.
El carnicero me mira y me guiña un ojo. Agarra un buen trozo de carne y se voltea para cortarla en el taco.
 – ¡Solatám!, sodot a solatám.
– ¿Qué? –Pregunto, pero el tendero ni tan siquiera mira y sigue con su trabajo.
Luis me mira extrañado – ¿Estás bien, amigo?
–Sí, tranquilo, solo estoy un poco cansado, eso es todo.
Después de preguntar al dependiente donde podríamos comprar más cosas, e indicarnos un pequeño supermercado compramos todo lo que nos hace falta para comer, limpiar y asearnos; nos montamos en el coche para irnos, pero el coche no arranca.
Buscamos un taller; nos dice el mecánico que es la bomba inyectora; que tendrá que quedarse con él unos días y se ofrece a llevarnos a casa.
En el trayecto Luis le pregunta si conoce algún sitio para poder bañarnos que nos coja cerca de la aldea para poder ir andando.
–Pues sí, a un par de kilómetros ahí un pantano pequeño. Allí os podéis bañar e incluso pescar.
Está plagado de carpas. Estofadas están buenísimas, deberíais probarlas.
Es uno de esos hombres que como le des pie habla hasta por los codos; no tiene acento ninguno y nos cuenta que estuvo muchos años viviendo en Madrid, pero que se volvió a su tierra por eso que llaman morriña.
Tras dejarnos en la aldea nos dice que cuando el coche este preparado nos llamara.

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