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martes, 17 de noviembre de 2015

MÁS ALLÁ DE LOS REFLEJOS VII

Imagen robada de Google



Se dice que mi bisabuela comenzó a frecuentar la casa de su amado campesino. Mi bisabuelo seguía con su vida de desenfreno y borracheras. Ella, viendo que ya no había forma de arreglar su matrimonio y que cada vez las palizas del padre hacia su hijo eran más frecuentes, cuando el niño cumplió los quince años, decidió mandarle a estudiar a un internado de la capital. – ¡Valla con tu bisabuelo! Parece que era muy violento. –Dice Juan mientras me quita la botella de la mano y sirve un poco en cada vaso. –Pues sí, tenía fama de violento, se comentaba que más de un campesino recibo soberanas palizas de él y de sus amigos solamente por diversión, pero sigamos con la historia.
 Mi abuelo como ya digo se fue a estudiar a un internado y mi bisabuela comenzó a pasar largas temporadas sin aparecer por su casa, mi bisabuelo en esa época, comenzó a sentirse enfermo, cada vez estaba más débil. Un día llegó a su casa porque se encontraba indispuesto y encontró a su mujer con el campesino en la cama, antes de que se dieran cuenta había clavado un cuchillo en la espalda del hombre que murió en el acto, después con el atizador de la chimenea dio tal paliza a mi bisabuela  que la mato allí mismo, pero dicen que antes de morir lanzo un conjuro y le dijo que la niña volvería de entre los muertos para acabar con su vida. A la semana siguiente apareció muerto, con la cara desencajada por el terror. Todavía hay quien dice que algunas noches se puede oír a la niña riéndose por los pasillos de la casa.
–Pero, eso es imposible ¿no? –Dijo Sara con cara de miedo. – yo creo que eso es posible, yo a veces oigo unas voces aterradoras ¡uhhh! –Dijo satisfecho con mi narración e intentando meterla más miedo.

***
Juan vuelve a llenar los vasos, apurando la botella y se bebe su vaso de un solo trago. –Creo que deberíamos irnos a acostar dice, se le ve que el vino le ha afectado un poco, al andar se va hacia los lados y se le traba la lengua.
Se van a la cama, yo me siento en el sillón más próximo a la chimenea, pongo los pies encima de la silla, Rocco se tumba a mi lado, saco el manuscrito y comienzo a leer:

***

Cuando el niño pequeño cumplió los diez años, mato a su padre pegándole un tiro con su propia escopeta de caza después de recibir una soberana paliza de su progenitor. Nunca quiso a ese niño, solo le quería para trabajar y descargar en él todas sus frustraciones. Entre los dos hermanos enterraron el cuerpo del padre en el jardín de la casa. A los dos le venía bien que no se supiese nada de la muerte de tu tatarabuelo, a uno porque podría vivir sin volver a recibir ninguna paliza más. (El pequeño) y el otro, tan avaro como el padre, porque manejaría todo el dinero y las tierras (el mayor).  
El hijo mayor, tu bisabuelo, intento cubrir el asesinato todo lo que pudo, haciéndose cargo de las tierras y diciendo que su padre no se podía ocupar del trabajo por estar enfermo. Lograron seguir con la mentira un poco más de un año, pero en la aldea todos sabían de la fuerza del padre y era mucho tiempo sin tan siquiera pisar una de las tierras, los comentarios llegaron hasta oídos del médico que fue a la casa con la guardia civil, pues él no había atendido al padre en ningún momento.

***

Los ojos se me comienzan a cerrar, noto como me pesan los parpados y siento como se me cae el manuscrito de las manos, pero no me molesto ni siquiera en cogerlo. Me sumerjo en un profundo sueño.
– ¡Solatám!, sodot a solatám. Despierto sobresaltado, pero no estoy en el sillón, estoy fuera empapado por la lluvia y lleno de barro, me miro las manos y las tengo ensangrentadas, quizás me he cortado con algo. Son las cinco de la mañana. Entro en la casa y subo a mi habitación, oigo de nuevo esa maldita risa, creo que es Sara, arrimo el oído a la pared que da a su cuarto, pero no oigo nada. Me desnudo, meto la ropa en el lavabo, abro el grifo para que se vaya el barro y me meto en la ducha. No sé por qué será, pero me siento genial, estoy pletórico. Me pongo en cuclillas en la bañera y comienzo a reírme. Me meto en la cama y me quedo profundamente dormido.

***

– ¡Rocco, Rocco! ¿Dónde éstas, Rocco? Me despiertan los gritos. El maldito Jaro llamando a su puto perro, para una vez que consigo dormir bien, me tiene que despertar ese cabrón.
Me visto y bajo a la cocina, están todos fuera buscando a Rocco. – ¿Qué pasa? –Pregunto. –Rocco no aparece y llevamos buscándole toda la mañana. –Quizá se ha ido al bosque en busca de otra liebre, ya ha probado la sangre, ahora es un cazador. Creo que deberíamos prepararnos para ir hacer senderismo, el perro ya aparecerá. –Digo intentando disimular una sonrisa. –Puede que tengas razón y este por ahí intentando cazar, es un animal listo y vendrá solo a casa. –Dice jaro, pero veo su cara de preocupación. Me gusta verle así, que este asustado, no esta tan arrogante como siempre.

***

Son las diez de la mañana, cogemos unas botellas de agua y un poco de embutido, tenemos pensado venir a comer a casa. Salimos, yo voy el último, me voy fijando en Jaro que va mirando a todos lados buscando a su maldito chucho.
El camino a la montaña casi ha desaparecido, hace muchísimo tiempo que nadie viene por aquí. Si alguien muriese, nunca encontrarían su cuerpo. Este pensamiento me acompaña todo el trayecto. Imagino a Jaro tumbado entre la maleza, inerte, comido por los animales, comido por los lobos. Hacemos un alto en el camino para descansar y tomar un poco de agua. Me quedo un poco apartado del grupo, solo un par de metros. Sara se acerca a mí. –Creo qué a Rocco le ha pasado algo, es muy raro que se valla lejos de nuestro lado. –Me dice sentándose a mi lado. –Me da igual. –Contesto, me levanto y comienzo a caminar montaña arriba sin decir nada a nadie. Se levantan y van detrás de mí, acelero un poco el paso, no quiero que nadie me siga. – ¡Solatám!, sodot a solatám. – ¡Solatám!, sodot a solatám. – ¡Solatám!, sodot a solatám. –Las palabras resuenan en mi cabeza, acelero más el paso, más, más, hasta que me doy cuenta que estoy corriendo. Me siento sobre una roca. – ¿qué me está pasando? –Me pregunto a mí mismo, pero lo hago en voz alta. Siento que me falta el aire, noto una presión en los pulmones y estoy nervioso, la ira se va apoderando de mí. Respiro hondo un par de veces, dejando que el aire llene mis pulmones, voy recobrando la calma, me doy cuenta de qué mi padre tenía razón, soy un Carrizo. Llegan los demás donde estoy yo. – ¿Qué te ha pasado? –Me pregunta Juan, noto un tono de preocupación en su voz. –Nada, que me va a pasar, solamente que me apetecía correr un poco, nada más. – ¿Nada más? Si parece que te perseguía un fantasma, no sé qué está pasando, pero últimamente te comportas de una forma muy extraña, si te pasa algo sabes que puedes contármelo, ¿no? Para eso están los amigos. –Juan es un buen tipo, siempre le he considerado mi mejor amigo. –De verdad, Juan estoy bien, no tienes por qué preocuparte, pero gracias.
La bajada la hicimos en silencio, a nadie le apetecía hablar, había conseguido crear un malestar general.

***

Llegamos a la casa a las dos menos cuarto, María y Gema entran en la cocina, ya es muy tarde, las carpas y la liebre tendrán que esperar a otro día. Entro en la cocina, las dos chicas dejan de hablar entre ellas. (Creo que están hablando de mí) agarro una botella de refresco de la nevera y vuelvo a salir, al pasar la puerta me giro y veo que las dos están observándome ¡Malditas putas! Meteos en vuestros asuntos, pienso.
– ¿Qué hay para comer? –Me pregunta Luis. Para ti, una mierda, pienso en contestar, pero me callo. –Huevos con patatas, me parece. –Contesto.
Pasamos el rato de la comida bastante bien. Unos chistes, unas anécdotas. Parece que la subida a la montaña ya está olvidada.
A las cuatro recogemos la mesa y nos vamos a nuestras habitaciones a echarnos un rato. Todos menos Jaro que sale a buscar a Rocco.

***

Me desnudo, me pongo un pantalón corto y me meto en la cama, a los pocos minutos ya estoy dormido.
Me veo en tercera persona, como si me estuviese siguiendo a mí mismo; es de noche, voy arrastrando a Rocco de la cadena bajo la lluvia, el animal intenta escapar, pero no me intenta morder; le adentro en el bosque, la lluvia cada vez es más intensa, cojo una cuerda y ato a Rocco a un árbol, el perro se mueve intentando soltarse; agarro una piedra, no muy grande, lo suficiente para manejarla bien con una mano; me acerco al animal y comienzo a golpearle con ella; oigo como se va rompiendo su cráneo mezclado con sus aullidos de dolor: no sé cuantos golpes le he dado, quizá quince o veinte; el perro esta tumbado en el suelo, está teniendo una especie de convulsiones; agarro una piedra más grande que tengo que coger con las dos manos; la subo por encima de mi cabeza y la lanzo hacia la suya; Rocco ya no se mueve; veo en mi cara una sonrisa de satisfacción y me despierto. Estoy en la habitación de Sara, de pie, no sé cómo he llegado  hasta aquí. Sara despierta sobresaltada al verme al pie de su cama. -¿Qué haces aquí? –Me pregunta asustada. –No lo sé –Balbuceo. –He venido a pedirte perdón por lo que te he dicho antes, no quería contestarte así, de verdad que lo siento. –Iván, ¿qué te está pasando últimamente? Desde que estamos aquí te encuentro raro, te noto distante conmigo, si te pasa algo sabes que puedes contármelo, para eso somos amigos. –Sí, amigos, esa es la palabra. –digo en voz baja. La miro, lleva un camisón blanco, fino, veo como se marcan sus pezones sobre la tela. Debería echarme sobre ella, besarla y hacerla el amor salvajemente, pero en lugar de eso salgo de la habitación sin decir una palabra.
Entro en mi cuarto, sobre la mesilla de noche esta el manuscrito de mi tío, lo cojo, me siento apoyando la espalda en el cabecero de la cama y me pongo a leer.

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