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domingo, 30 de diciembre de 2012

UN DÍA DE NAVIDAD


Imagen robada a google

Caen copos blancos sobre la acera; mi manta de cartón se encuentra cubierta de nieve, y un tetrabrik  de vino malo casi congelado es mi única compañía. Ya no recuerdo si comencé a beber porque me quedé en la calle, o me quedé en la calle porque comencé a beber, pero eso ahora ya no importa.
La gente pasea riendo y charlando, pero al pasar por mi lado se hace un silencio absoluto, sus sonrisas se congelan en sus labios y me miran con cara de asco, o lo que es peor, con cara de pena. Algunos me echan un par de monedas en un sucio vaso de plástico y piensan que han hecho la buena acción del día, y lo que en realidad hacen es ayudar a que me mate.
Doy un trago de mi fiel compañero e intento levantarme apoyándome en la pared; las rodillas me duelen por el frío, y la cara casi ni la siento.
Me agacho como puedo para recoger mis pocas pertenencias y meterlas en una bolsa. Los cartones los dejo apoyados contra la pared, rezando para que el barrendero sea benevolente conmigo y esta vez no me los tire a la basura.
Con el cartón de vino en la mano voy andando por la ciudad. Las luces que cuelgan de una farola a otra a lo ancho de la carretera de dicen que  es navidad, pero para mí, estos días son idénticos a otros días.
Una niña pequeña se dirige hacia mí e  intenta tocarme, pero su madre da un tirón brusco de su bracito para alejarla de alguien como yo. << Señora, que ser vagabundo no es contagioso>> me hubiese gustado gritar, pero en el fondo sé que lleva razón, yo en su lugar habría hecho lo mismo. Llevo varias semanas sin lavarme y dios sabe a qué huelo; es una mezcla de sudor, alcohol, y calle que ni siquiera yo mismo aguanto mi hedor.
Sigue nevando; los dedos de la mano donde llevo el vino están rojos y me escuecen. Podría tirar el vino y meterla en el bolsillo, pero antes me cortaría la mano a desperdiciar la bebida. No intento dar pena, es más, no quiero dar pena. Es más fácil buscar la muerte de este modo, que intentar sobrevivir llevando una vida, llamémosle “normal”. Solo espero que cuando llegue la parca me encuentre dormido, y sea dulce, y no venga de manos de cuatro niñatos con ganas de descargar sus frustraciones sobre mí, como le paso a un compañero al que al final, y como fin de fiesta prendieron fuego.
Una estrofa de un villancico se escapa por la puerta abierta de un comercio; siempre he odiado esa musiquita chillona de paz y alegría “rin, rin”. ¡Qué cojones me importa a mí que una burra valla hacia Belén cargada de chocolate!
Doy el último trago al cartón de vino y tiro el recipiente en una papelera. Rebusco en mis bolsillos buscando monedas para comprar más vino. Tengo suerte, llevo un euro con diez. Entro en los primeros ultramarinos que encuentro a mi paso. Detrás del mostrador se encuentra una chinita menuda que al verme abre unos ojos como platos y se lleva la mano a la nariz. Me dirijo al final de la tienda y cojo el vino más barato que encuentro. Pongo las monedas sobre el mostrador con la mano encima. La mujer mira mi mano, con las uñas sucias y costras marrones de rascarme los sabañones, parece que va a vomitar. Aparto la mano y el dinero queda suelto, con rápido movimiento agarra todas las monedas, y sin contarlas las mete directamente en la maquina registradora.
Salgo de la tienda pensando en qué es lo que tendrá el dinero, que seas como seas o huelas como huelas, siempre que puedas pagar, eres bienvenido. Aquella muchacha que ni me miró a la cara, y que no me tocaría ni aunque su vida dependiera de ello, no dudó un instante en coger unas monedas que ella ni siquiera sabía dónde podría llevarlas guardadas.
Abro el cartón con los dientes y doy un buen trago; noto como me calienta por dentro y siento como comienza a darme vueltas la cabeza. Ya estoy borracho, como me gusta estar.
Ha oscurecido y hace mucho más frío. Las tiendas están cerradas y no queda nadie por la calle; tan solo hay un gato, tan callejero como yo, buscando comida dentro de un cubo de basura. Entre la borrachera y el dolor de rodillas llego dando tumbos donde se encuentran mis cartones. Saco las cosas de la bolsa y las voy colocando a mí alrededor. El tetrabrik de vino siempre a mano. Doy otro trago y compruebo desconsolado que queda mucho menos de la mitad.
El viento sopla con fuerza y está helado; esta noche va a ser la más dura del año. Me tapo con los cartones, aunque esta vez no me van a servir de nada. Me acurruco todo lo que puedo, el frío se ha metido en mis huesos y comienzo a tiritar. Bebo lo que queda de vino buscando entrar en calor, pero esta vez es tan inútil como los cartones que me tapan.
Cierro los ojos  y sé que esta noche es la definitiva; es el final, la noche que he estado buscando durante tanto tiempo. Oigo el bufido que hace el aire al acariciar el filo de la guadaña de la muerte. Intento abrir los parpados para saludarla; no lo consigo, mis ojos continúan cerrados. Por el dolor que noto en el rostro sé que estoy sonriendo, mi boca se mueve.
–Querida amiga, aquí estoy, esperándote, y esta vez no dejare que te marches sin mí.  
Es dulce, sin dolor, como siempre he querido; besa mis fríos labios, me abraza fuerte y me lleva con ella.

lunes, 26 de noviembre de 2012

VERÉ MORIR NUESTRA ESTRELLA

Imagen sacada de Google

Creo recordar, que la última vez que miré al cielo seguía siendo azul. Lo que no recuerdo es si eras tú quien lo miraba conmigo, o era cualquier puta que vendía su sonrisa y su cuerpo por veinte pavos.
Últimamente ni siquiera alzo la vista hasta la altura de los ojos de la gente, solo veo el gris de las aceras y las cagadas de perro con huellas de zapatos.
Aún continuo pensando en ti, y me como la cabeza intentando descifrar dónde estarás, qué estarás haciendo y con quién lo estarás haciendo. Y me hierve la sangre, y apretó los puños hasta que los nudillos se ponen blancos y las uñas se clavan en las palmas de las manos.
A veces me escondo entre los coches que se encuentran aparcados frente a tu portal, esperando verte, pero soy tan cobarde que huyo de allí por miedo a que me descubras.
Hoy me duelen los ojos de llorar. He decidido no pensar más en ti.
Buscare en alguna esquina alguna puta que quiera averiguar conmigo si el cielo sigue siendo azul.
Y esta noche, con mis ojos rojos, hinchados y cansados, veré morir nuestra estrella, y sonreiré.       

miércoles, 17 de octubre de 2012

NO, HOY NO ES EL DÍA

Imagen sacada de google

Podría haber sido hoy; pero no, hoy no me encuentro con ganas. No tengo fuerzas. Quizá lo consiga otro día, otro día que mis ánimos se encuentren en paz con mi alma y mi alma en paz consigo misma. Pero hoy no es el caso; hoy tengo bastante con no olvidarme de respirar de vez en cuando. Puede que sea mañana; o pasado mañana o el año que viene. Quién sabe. Yo no lo sé.
Podría ocurrir que no pase nunca; y, ¿qué pasaría si fuese así? Pues nada, absolutamente nada. Tanto si ocurre como si no, la vida seguiría su camino, sin importarle. Ya no distingue un lloro de una sonrisa. ¿Por qué debería importarle, si ni siquiera a mí me importa?
Hoy no es ese día, y yo lo sé; lo sé, porque es otro de esos tantos días. Un día más, parecido al de ayer y muy similar al de mañana. La única diferencia seria el tiempo que haga fuera.
Podría haber sido hoy, o quizá mañana; pero no, no me siento con fuerzas, no tengo ganas, bastante tengo con recordar que debo respirar de vez en cuando.
Podría ser que mañana; o pasado mañana o el año que viene. Mi musa podría dejar de serme infiel y se me ocurra algo sobre que escribir, pero hoy no; hoy no es el día.       

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