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lunes, 24 de marzo de 2014

AMADA

Imagen robada de Google


Me encuentro recluido en una de las habitaciones del piso inferior de la casa; los golpes cada vez son más fuertes, y no sé cuanto tiempo más aguantara la puerta. Escribo estas letras en los últimos minutos que me restan de vida a modo de expiación para mi alma. Espero que Dios sepa perdonarme.

Me encontraba frente a mi escritorio intentando escribir el último verso, del que sería a la postre mi último soneto. Sobre la mesa, encendida se encontraba una bujía, pues pasaban unos minutos de la medianoche. Desprendía un haz de luz circular que me permitía realizar mi trabajo sin forzar en demasía la vista.
Mi mente se encontraba trabada en busca de aquella palabra perfecta que hiciese rimar el primer verso de la última estrofa con el segundo verso del primer terceto, cuando una gélida brisa recorrió mi cuerpo e hizo bailar la llama de la lámpara alargando y estrechando las sombras de los objetos que en la habitación se hallaban. Me levanté de la poltrona en la que me encontraba sentado y dirigí mis pasos hacía la pared del fondo para cerciorarme que la ventana estaba cerrada y atrancada.
Era una fría noche de mediados de enero, el viento agitaba cruelmente las ramas de los árboles, tras los cuales pude discernir el blanco grisáceo de una gran luna llena.
De repente, comencé a escuchar el crujir de las tablas del suelo de madera del pasillo. Parecían pisadas, cosa que me resultó extraño, ya que el ama de llaves aquella noche la tenía libre y no debería llegar hasta la mañana siguiente.
Abrí la puerta con cautela y con miedo, y asomé la cabeza por la pequeña ranura que fui capaz de abrir y pronuncié en voz baja y aguda un: – ¿Hay alguien ahí? –con temor a que mis palabras fuesen escuchadas, pero nadie contestó; el silencio que moraba en la casa era absoluto y la oscuridad envolvía el pasillo y un helado olor nauseabundo recorría la galería de parte a parte. Desande mis pasos y recogí la lámpara y un pañuelo para taparme nariz y boca, y haciendo acopio de toda la valentía que pude reunir salí sin dilación al pasillo.
El hedor traspasaba la tela con la cual tapaba mi cara y se incrustaba dentro de la garganta haciéndome toser.
Lo que descubrí después bien lo hubo descrito unos años antes H. P. Lovecraf en aquella frase que decía: “Hay horrores que son más que horrendos”, pues lo que vi me hizo helar la piel, y un sudor frío recorrió mi frente.
Frente a mí, al pie de la escalera, se encontraba Leonora. Sus azules ojos me escudriñaban amenazantes, su pálida piel parecía reflejar la suave luz de la luna y su largo pelo negro y enmarañado caía sobre sus hombros.
Comenzó a acercase a mí. Escuchaba el sonido de su arrítmica respiración acercándose a mí. Quedé paralizado a causa del terror, y sus finas y frías manos rodearon mi cuello con una fuerza sobrehumana. Yo, a mi vez, agarré su suave cuello con las mías. De su garganta escapaba algún que otro sonido gutural, mas su fuerza no medraba en absoluto. Intenté inútilmente coger aire, pero el estrangulamiento impedía a mis pulmones llenarse de aire. Noté que las fuerzas comenzaban a abandonarme, la visión se me nublaba, lagrimeaban me los ojos y comencé a perder la fuerza de mi presa. Entonces escuche aquella voz que tantas veces pronuncio las palabras “te quiero” refiriéndose a mí, pero esta vez algo más ronca y repitiendo una sola palabra –asesino -.
No logro comprender cómo lo hice, pero conseguí zafarme de sus brazos, corrí hasta la estancia más próxima y cerré la puerta tras de mí.

Como ya he comentado, me encuentro escribiendo el fin de mi existencia; ella se encuentra fuera golpeando la puerta y sé que la puerta terminara cediendo a sus embates, y esta vez no podré escapar de su ira.
Ese cuerpo sin vida viene a por mí. Su alma bajará al infierno y no lo hará sola. Ella va a matarme a mí, como yo la maté a ella. 

lunes, 21 de octubre de 2013

EL BUTACÓN

Dibujo de Raúl Álvarez

Vuelvo a sentir tu presencia entre las sabanas. Noto tus fríos pechos acariciando mi espalda, pero esta vez no has llegado sola. Hay alguien más en la habitación; ignoro quien es y lo que quiere, pero sé que está aquí. No sabría decir porque lo sé; no sé cómo explicarlo, es como si la estancia se encontrase envuelta de una especie de electricidad estática.
Está esperando; esperándome a mí, mientras tú, tu espectro o tu alma me protege. Rodeado por tus invisibles brazos me siento casi seguro.
La tarima del suelo cruje; son pisadas lentas que se oyen de una punta de la habitación a otra, de un lado a otro, hasta detenerse en tu butacón preferido.
Huelo tu  perfume, pero no como otras veces. Baña suavemente toda la instancia mezclado con otro olor acre y dulzón más cercano a mí.
Quisiera comunicarme contigo como en aquella novela de Stephen King que leímos una vez y que en nuestra ignorancia (debido al amor que nos procesábamos), pensamos que podría funcionar para hablarnos entre nosotros cuando uno de los dos faltase: <<Un golpe para sí, dos golpes para no>>. No funciona. – ¿estás aquí conmigo? –Intento de nuevo. El silencio es absoluto.
Noto tus brazos más pesados que de costumbre, me abrazan con fuerza, mientras tu mano acaricia mi pecho. – ¿Eres tú, cariño? -<<Un golpe para sí, dos para no>>. No hay respuesta.
Oigo el sonido que produce el roce del cuero de la butaca, como si alguien se moviese intranquilo sobre él.
Tu mano ejerce una presión inusitada sobre mi pecho, un dolor insoportable de deja sin respiración, una densa humedad moja las sabanas y no me hace falta tocar para saber que es; es mi sangre.
Noto mi corazón salir por la abertura que tu mano, con una precisión de cirujano, ha abierto en mi pecho.
Tan solo restan tres o cuatro latidos para extinguirse. – ¿Me has matado tú, mi amor?
Un golpe seco suena cercano al butacón.
Luego un breve silencio.
Después otro golpe.        

miércoles, 12 de junio de 2013

PSICO-LOQUIO

Imagen robada de Google


Seis de la tarde un lugar cualquiera, de una ciudad cualquiera, en la consulta de un psicólogo cualquiera, al que por eso del anonimato llamaremos “Virgo”, pero que aquí nos referiremos a él como “Psicólogo”.
Entra en la consulta un escritor frustrado, con la pinta que debe de tener un escritor frustrado, al que llamaremos paciente, porque escritor frustrado en más largo.

Paciente –Buenos días.
Psicólogo –Buenas tardes.
Silencio…
Psicólogo –Túmbese ahí (señalando un diván).
Paciente –Gracias, pero no tengo sueño. Preferiría hablar de mi problema.
Psicólogo –Pues, si no le importa, me tumbare yo. Estuve toda la mañana jugando al pádel y me duele todo el cuerpo. Pero no se quede usted de pie, siéntese en mi sillón.

El escritor se sienta en el lugar indicado, coge unas gafas de pasta que se encuentran sobre una pequeña mesa situada al lado del butacón y se lleva una de las patillas a la boca.
Paciente – ¡Aja! Interesante, interesante.
Psicólogo – ¿Decía?
Paciente – Nada, nada. Perdone doctor.
Psicólogo –Llámeme “virgo”, ya sabe… por lo del anonimato.
Paciente –Gracias, usted puede llamarme “paciente”, porque escritor frustrado es más largo.
Psicólogo –Ah, ya.
Silencio…
Psicólogo – ¿Y si le llamo “paci”?
Paciente – ¡hombre, aún no tenemos tanta confianza!
Psicólogo –Esta bien, le llamare “paciente”, pero tiene cara de llamarse “Carlos”.
Paciente –Sí, me lo dicen muchas veces.
Silencio…
Psicólogo –Bueno, cuénteme, ¿qué le trae a usted por aquí?
Paciente –Verá doctor, no puedo escribir.
Psicólogo – pero… ahora mismo está escribiendo. Porque es usted quien está contando esta historia.
Paciente –No me refiero a eso, es que… no sé cómo esplicarlo.
Psicólogo –si no me dice exactamente que le sucede no puedo ayudarle. Por cierto, ¿ha escrito<<explicarlo>> con “s”.
Paciente –Sí, a veces me pasa.
Silencio…
Psicólogo –Venga, inténtelo de nuevo.
Paciente –pues verá. Yo cojo el bolígrafo y un papel e intento escribir algo así como:
“Volverán las oscuras golondrinas…”
Pero en el papel queda plasmado algo parecido a:
“A mí me gusta la gasolina…”
Psicólogo – ¿Siempre escribe con el mismo bolígrafo?
Paciente – ¡¿cómo?!
Psicólogo –ha dicho usted: <<cojo “el bolígrafo” y un papel>>. Eso me hace pensar que siempre usa el mismo bolígrafo para escribir.
Paciente –Sí, siempre es el mismo.
Psicólogo – ¿Y cómo es?
Paciente -¡Negro!
Psicólogo – ¿Es usted racista?
Paciente – ¿Por qué lo pregunta?
Psicólogo –Ha escrito negro entre exclamaciones y en negrita.
Paciente – (Agachando la cabeza) –no, solo que no me gusta la gente que no es como yo.
Psicólogo – ¿Blancos?
Paciente –No, escritores.
Silencio…
Paciente –tampoco me fio de los chinos, creo que nos vigilan.
Silencio…
Psicólogo – ¿A los escritores?
Paciente –No, a los blancos.
Psicólogo –Volvamos al problema que nos ocupa. A demás de negro, ¿cómo es el bolígrafo?
Paciente –De plástico.
Psicólogo –aja, ¿Qué más?
Paciente –Tiene una especie de sombrerito en la parte de arriba, también de plástico, que pulsas una vez y sale la punta por la cual se escribe, vuelves a pulsar y de vuelve a esconder.
Psicólogo –Alta tecnología (Dice mientras mira un punto imaginario de la habitación).
Paciente –Al principio tenía una lengüeta para que se sujetase dentro del bolsillo, pero como también era de plástico termino por romperse.
Psicólogo –  ¡Aja! Interesante, interesante.
Paciente –Eso ya lo decía yo.
Silencio…
Psicólogo – ¿De qué color tiene los ojos?
Paciente –  ¿Quién?
Psicólogo –Perdone, estaba pensando en otra cosa. Entonces, ¿diría a usted que es completamente de plástico?
Paciente –No es que sea un entendido, pero yo diría que sí.
Psicólogo – El bolígrafo del que hablamos, ¿Es de alguna marca en especial?
Paciente –Que yo sepa no. Me lo regalaron en un banco hace bastante tiempo. Ahora no regalan nada.
Psicólogo –De un banco (vuelve a clavar la vista en el mismo punto imaginario). –Ese puede ser el problema. ¿Ha pensado en escribir con lápiz?
Paciente –No se me había ocurrido. Siempre he pensado que era culpa del papel. Como soy un escritor frustrado, como ya sabe usted, pues nunca he tenido dinero, y escribo sobre cualquier extracto de los cajeros automáticos que me encuentro.
Psicólogo –No lo descartemos todavía, pero vamos a comenzar por cambiar el bolígrafo por un lápiz, (y si puede ser de los que llevan el borrador incorporado, mejor). Y tómese un antidepresivo cada ocho horas. Le cito para el próximo jueves a la misma hora.
Paciente – ¿Y cree que con esto (señalando una caja de pastillas, que no sabemos de dónde coño las ha sacado) escribiré como Vargas Llosa?
Psicólogo – (Riéndose a carcajada limpia) –ni de coña, seguirá escribiendo igual de mal que lo hace ahora.
Paciente –Gracias por su apoyo.
Psicólogo –De nada, por cierto, cuando salga cierre la puerta y apague la luz… o al revés.          

lunes, 15 de abril de 2013

RULETA RUSA


Imagen robada de Google

Dedicado a @dndeividsa
Así nos veremos dentro de poco.

Suenan las seis de la mañana en el despertador de la mesilla. Se levanta con los ojos aun pegados por el sueño; entra en el baño para echar la primera meada del día y lavarse la cara. Tras tomar un café solo, sin azúcar, vuelve a la habitación y se viste.
Es lunes de lo que se le antoja será una semana larga y el tráfico de la ciudad tampoco quiere darle una tregua.
Entra en la oficina; es la cuarta vez que llega tarde  este mes, y la mirada de reprobación del jefe de departamento le hace saber que está jugando con fuego.
Pasa la mañana entre los papeles de su mesa, las miradas furtivas al escote de su compañera de enfrente y algún que otro café de la máquina, excusa perfecta para estirar las piernas.
A las doce en punto, suena el teléfono. Es la secretaria del departamento de recursos humanos. – ¿Señor Martín? – Y sin esperar respuesta continua: –Vaya ahora mismo al despacho del director.
Su voz suena impersonal, como la de una máquina expendedora de tabaco. <<Su tabaco, gracias>>
Se levanta pesarosamente de su asiento; se siente igual que si tres “skin head” le hubiesen dado una paliza con palos y cadenas.
Llama a la puerta del despacho de aquel hombre, que en sus diez años de trabajar para él, no ha visto nunca. Tiene fama de borracho, jugador y mujeriego.
Una voz desde el interior le dice que pase. Un hombre gordo sentado en un sillón de cuero negro tras una mesa de caoba le mira fijamente a los ojos.
– Siéntese, señor Martín. – dice con una sonrisa que no sabría diferenciar si es sincera o irónica.
– ¿Sabe por qué le echo llamar, verdad?
Asiente con la cabeza mientras traga saliva. Le sudan las manos y nota como el estómago quiere salir por su boca.
– ¿A usted le gusta jugar?
– La pregunta le coge por sorpresa.  –No sé, nunca he jugado a nada. –Como ya sabrá, la empresa no está pasando por sus mejores momentos y necesitamos…  ¿cómo lo diría? ¿Hacer recortes? Bueno, el caso es que tengo que prescindir de alguien, y los dados  me ha dicho que debe ser usted, pero no quiero que nos deje sin darle una oportunidad. ¿Le gusta jugar?
No entiende nada, si iba a ser despedido a que viene tanta pregunta sobre si le gusta jugar. Por lo tanto se queda callado.
El director abre un cajón y de él saca algo de deposita sobre sus piernas.  –El juego es muy sencillo, si usted gana, seguirá trabajando para nosotros.
– ¿Y si pierdo?
–Bueno, digamos… que me ahorro pagarle el finiquito.
– ¿En qué  consiste el juego?
El director vuelve abrir el cajón y saca tres balas del calibre 38 y las pone encima de la mesa.
A Martín se le para dos segundos el corazón, para luego bombear a más velocidad que un redoble de tambor. Está tentado de levantarse de la silla, pero el miedo le mantiene paralizado.
El hombre gordo recoge el artefacto que antes deposito sobre sus piernas; es un revolver Smith & Weeson 625. Mete las tres balas al azar en el tambor, le da varias vueltas y se lo entrega a Martín con una sonrisa.
Martín lo agarra decidido; hay una hipoteca que pagar. Da una vuelta más al tambor y aprieta el cañón contra su sien derecha, mientras el director con las manos cruzadas bajo su barbilla, y con una sonrisa de oreja a oreja le dice:
<<Recuerde, solo tiene una oportunidad>>    

domingo, 30 de diciembre de 2012

UN DÍA DE NAVIDAD


Imagen robada a google

Caen copos blancos sobre la acera; mi manta de cartón se encuentra cubierta de nieve, y un tetrabrik  de vino malo casi congelado es mi única compañía. Ya no recuerdo si comencé a beber porque me quedé en la calle, o me quedé en la calle porque comencé a beber, pero eso ahora ya no importa.
La gente pasea riendo y charlando, pero al pasar por mi lado se hace un silencio absoluto, sus sonrisas se congelan en sus labios y me miran con cara de asco, o lo que es peor, con cara de pena. Algunos me echan un par de monedas en un sucio vaso de plástico y piensan que han hecho la buena acción del día, y lo que en realidad hacen es ayudar a que me mate.
Doy un trago de mi fiel compañero e intento levantarme apoyándome en la pared; las rodillas me duelen por el frío, y la cara casi ni la siento.
Me agacho como puedo para recoger mis pocas pertenencias y meterlas en una bolsa. Los cartones los dejo apoyados contra la pared, rezando para que el barrendero sea benevolente conmigo y esta vez no me los tire a la basura.
Con el cartón de vino en la mano voy andando por la ciudad. Las luces que cuelgan de una farola a otra a lo ancho de la carretera de dicen que  es navidad, pero para mí, estos días son idénticos a otros días.
Una niña pequeña se dirige hacia mí e  intenta tocarme, pero su madre da un tirón brusco de su bracito para alejarla de alguien como yo. << Señora, que ser vagabundo no es contagioso>> me hubiese gustado gritar, pero en el fondo sé que lleva razón, yo en su lugar habría hecho lo mismo. Llevo varias semanas sin lavarme y dios sabe a qué huelo; es una mezcla de sudor, alcohol, y calle que ni siquiera yo mismo aguanto mi hedor.
Sigue nevando; los dedos de la mano donde llevo el vino están rojos y me escuecen. Podría tirar el vino y meterla en el bolsillo, pero antes me cortaría la mano a desperdiciar la bebida. No intento dar pena, es más, no quiero dar pena. Es más fácil buscar la muerte de este modo, que intentar sobrevivir llevando una vida, llamémosle “normal”. Solo espero que cuando llegue la parca me encuentre dormido, y sea dulce, y no venga de manos de cuatro niñatos con ganas de descargar sus frustraciones sobre mí, como le paso a un compañero al que al final, y como fin de fiesta prendieron fuego.
Una estrofa de un villancico se escapa por la puerta abierta de un comercio; siempre he odiado esa musiquita chillona de paz y alegría “rin, rin”. ¡Qué cojones me importa a mí que una burra valla hacia Belén cargada de chocolate!
Doy el último trago al cartón de vino y tiro el recipiente en una papelera. Rebusco en mis bolsillos buscando monedas para comprar más vino. Tengo suerte, llevo un euro con diez. Entro en los primeros ultramarinos que encuentro a mi paso. Detrás del mostrador se encuentra una chinita menuda que al verme abre unos ojos como platos y se lleva la mano a la nariz. Me dirijo al final de la tienda y cojo el vino más barato que encuentro. Pongo las monedas sobre el mostrador con la mano encima. La mujer mira mi mano, con las uñas sucias y costras marrones de rascarme los sabañones, parece que va a vomitar. Aparto la mano y el dinero queda suelto, con rápido movimiento agarra todas las monedas, y sin contarlas las mete directamente en la maquina registradora.
Salgo de la tienda pensando en qué es lo que tendrá el dinero, que seas como seas o huelas como huelas, siempre que puedas pagar, eres bienvenido. Aquella muchacha que ni me miró a la cara, y que no me tocaría ni aunque su vida dependiera de ello, no dudó un instante en coger unas monedas que ella ni siquiera sabía dónde podría llevarlas guardadas.
Abro el cartón con los dientes y doy un buen trago; noto como me calienta por dentro y siento como comienza a darme vueltas la cabeza. Ya estoy borracho, como me gusta estar.
Ha oscurecido y hace mucho más frío. Las tiendas están cerradas y no queda nadie por la calle; tan solo hay un gato, tan callejero como yo, buscando comida dentro de un cubo de basura. Entre la borrachera y el dolor de rodillas llego dando tumbos donde se encuentran mis cartones. Saco las cosas de la bolsa y las voy colocando a mí alrededor. El tetrabrik de vino siempre a mano. Doy otro trago y compruebo desconsolado que queda mucho menos de la mitad.
El viento sopla con fuerza y está helado; esta noche va a ser la más dura del año. Me tapo con los cartones, aunque esta vez no me van a servir de nada. Me acurruco todo lo que puedo, el frío se ha metido en mis huesos y comienzo a tiritar. Bebo lo que queda de vino buscando entrar en calor, pero esta vez es tan inútil como los cartones que me tapan.
Cierro los ojos  y sé que esta noche es la definitiva; es el final, la noche que he estado buscando durante tanto tiempo. Oigo el bufido que hace el aire al acariciar el filo de la guadaña de la muerte. Intento abrir los parpados para saludarla; no lo consigo, mis ojos continúan cerrados. Por el dolor que noto en el rostro sé que estoy sonriendo, mi boca se mueve.
–Querida amiga, aquí estoy, esperándote, y esta vez no dejare que te marches sin mí.  
Es dulce, sin dolor, como siempre he querido; besa mis fríos labios, me abraza fuerte y me lleva con ella.

miércoles, 23 de mayo de 2012

LA GUERRA DE LOS DIOSES

Imagen sacada de Google

Miró a su alrededor; una ciudad en ruinas se hundía a sus pies; “la guerra de los dioses” (la tercera guerra mundial) había terminado diez años atrás, pero el planeta no era capaz de volver a emerger.
Guerras civiles en la mayoría de los antiguos países ricos, dictadores en busca de poder, la falta de energía, el petróleo se había consumido completamente. (La misma guerra que comenzó por él, terminó con él).
El agua tendía a desaparecer, al igual que lo hizo toda la flora, para comer solo quedaban perros y ratas, que también comenzaban a escasear; las turbinas de oxigeno se fueron deteniendo una hora al día; luego dos… ahora se paraban cinco horas.
Un vigilante pasó volando cerca de él, sin verle. 
Sibil entró al sótano de la iglesia abandonada buscando algo que pudiese servirle para comerciar en el mercado negro.
Hacia muchos años que aquellos lugares estaban desiertos; nadie creía ya en Dios; nunca existió, y si alguna vez lo hizo, estaba muerto.
El arma resbaló de su hombro, cayendo contra el suelo y retumbando por toda la galería. Se agachó escondiéndose entre las sombras. Unas voces sonaban con gran agitación; pudo reconocer que una de las personas que hablaba era una mujer.
–Nos han encontrado-. Dijo la voz femenina.
– No te pongas nerviosa, no sabemos que ha sido ese ruido-. Sonó la voz de un hombre, fuerte y enérgica –bajaré con Rocco al sótano haber que pasa. Seguro que no es nada.
Sibil, agarró su rifle fuertemente, mientras unos paso pesados resonaban en la escalera. Eran de un hombre grande; puso la culata sobre su hombro y miró por el objetivo. Todo estaba oscuro, salvo una pequeña luz que provenía de la parte de arriba, un haz de luz bajaba por la escalera, tras él, un hombre de unos ciento veinte kilos, y un metro ochenta de altura, con una pistola en la mano.
Sibil apuntó a su cabeza; despacio, sin hacer un ruido. Había oído que bajarían dos personas, pero solo bajaba una.
Colocó el dedo sobre el gatillo; no estaba dispuesto a preguntar por el otro tipo a un hombre como aquel.
Apretó la culata más a su cuerpo para sostener mejor el rifle. Una gota de sudor resbaló por su frente; no era la primera vez que iba a matar a alguien, pero esta vez sentía algo extraño. Pronto ese gigantón le descubriría y podría tener problemas.
De un solo disparo, entre las cejas, acabaría con él. Secó su frente y volvió a colocar el dedo sobre el percutor; el hombre bajó el último escalón y giró hacia su posición. Era el momento exacto.
De repente un gruñido a su derecha llamó su atención. Unos brillantes ojos le miraban fijamente. La luz de la linterna alumbró su cara, cegándole momentáneamente.
– ¿quién eres tú? Preguntó el hombre, mientras le apuntaba con la pistola.
Sibil se dio cuenta que aquel gigante estaba más asustado que él. Pudo comprobar que los gruñidos provenían de un perro grande, negro, con unos enormes colmillos. Sibil bajó el arma.
 –No quiero problemas-. Dijo mientras levantaba las manos –pensaba que aquí no vivía nadie. Creo que será mejor que me valla y os deje tranquilos. Se giró despacio para salir por el hueco por donde había entrado.
–Oye ¿Cómo te llamas?
–Me llamo Sibil-, dijo este, sin girarse.
–Espero no equivocarme, algo me dice que eres buena persona y creo qué estarás muerto de hambre-.
El gigantón levantó una mano y el perro dejó de gruñir – ¿Quieres comer algo?
Llevaba dos días sin comer, y lo último que había probado fue un manojo de gusanos que encontró sobre un trozo putrefacto de carne, que no quiso averiguar a qué o a quién pertenecía.
–No quisiera importunar a nadie, será mejor que me valla.
– ¿Ir?, ¿a dónde? Ya es de noche, y en la calle hace frio. Permíteme que te invite a cenar.
Sibil sonrió al hombre y se acercó al él estirando la mano
– ¿Y tú, cómo te llamas?
–Todos me llaman “Gran Danés”, bueno, me llamaban; ahora solo quedamos mi mujer y yo. Y este es Rocco-, dijo señalando al perro, que se colocó junto a Sibil. –Vamos, te presentaré a mi mujer.
Subieron las escaleras detrás del perro. El hombre sacó una llave y abrió una puerta al final de la escalera. Entraron en una pequeña habitación completamente vacía, salvo una pequeña cruz de madera y dos puertas; imaginó que sería la sacristía. “Gran Danés” cerró la puerta y con otra llave abrió otra puerta que se encontraba enfrente.
Al abrir la puerta, Rocco cruzó la nave corriendo, dio un par de vueltas y se tumbó en medio del atrio. El hombre echó la llave y se dirigieron hacia el presbiterio. Sibil pudo observar que en los laterales de la nave había unas jardineras repletas de plantas y hortalizas. Un agradable olor a comida inundaba la iglesia.
Llegaron al presbiterio; en el altar mayor una mujer menuda, vestida con un vestido ancho, rezaba frente una imagen de Jesús crucificado (En un mundo donde se debía matar para no morir, un hombre había dado su vida por los demás, para no conseguir cambiar nada; una absurda mentira).
–Cariño, ya estoy aquí-, dijo “Gran Danés”.
 La mujer quedó unos segundos de rodillas, se levantó con una sonrisa y se giró dirección al marido. Al ver tras él a un tipo con un arma colgada del hombro, se asustó y retrocedió un par de pasos.
Sibil pudo comprobar que era una mujer preciosa, tenía unos profundos ojos azules, su mirada se clavó en Sibil como una daga.
–Cariño, este es Sibil-. Dijo su marido, para tranquilizarla.
La mujer mostró una sonrisa forzada, se acercó a él y le tendió la mano. –Me llamo Sofía.
Sibil notó una mano pequeña y suave; estaba fría y notaba como temblaba a acusa del miedo. Él le sonrió con una amplia sonrisa para que no se sintiese asustada.
–He invitado a Sibil a comer, creo que lleva varios días si hacerlo y comer algo caliente le vendrá bien.
La mujer le miró con cara inquisitiva, –bien, que coma algo y luego que se vaya-. Era una mujer con carácter.
–Será mejor que me vaya, no quiero causar problemas-, dijo Sibil, mirando a la mujer, tenía un extraño bulto en el estomago; Sibil se dio cuenta que estaba embarazada; entonces comprendió porque estaba tan asustada. El gobierno se llevaba a las mujeres en su estado para hacer experimentos con ellas y con sus bebes.
–Sibil, no te preocupes, vamos a cenar tranquilamente-, dijo el gigante mirando a su mujer con un acto de ternura, –mi mujer esta un poco asustada, eso es todo.
Haciendo un cortés gesto, dejó que pasase Sibil primero; él se lo agradeció con una sonrisa, la mujer fue unos pasos por detrás de ellos.
Llegaron a uno de los oratorios. Situada en el centro una pequeña mesa circular, alrededor, unas antiguas cajas de plástico hacían a modo de sillas, un bote en el centro de la misma con dos rosas daban color al lugar.
“Gran Danés” invitó a Sibil a sentarse en una de las cajas, mientras él se sentaba en otra. La mujer colocó sobre la mesa una olla, y una especie de cuencos, uno para cada uno. El hombre metió el cuenco de Sibil dentro de la olla y lo sacó lleno de sopa, haciendo lo mismo con el cuenco de su mujer y el suyo.
Sofía y “Gran Danés” se dieron las manos, tendiendo las otras hasta la posición de Sibil. No sabía que pretendían con eso, pero les cogió las manos. Bajaron sus cabezas y él les imitó cerrando los ojos. –Benedícite Dóminum, his cibis sumatur, et recipere sanita te mundi, amén-. Dijo “Gran Danés” con una voz sobria.
Sibil no entendía ni una palabra de lo que decía, pero imaginó que era una forma de dar gracias a su Dios, o algo parecido.
Levantaron la vista y comenzaron a comer; Sibil degustaba la comida con deleite, no recordaba haber comido nada tan bueno en su vida; en pocos minutos había apurado su plato.
–Échate un poco más-, dijo la mujer, que parecía que estaba más tranquila.
– ¿Os puedo hacer una pregunta?-, soltó de repente Sibil, -no os enfadéis.
–Dispara-, dijo el hombre.
 – ¿Vosotros sois…?  
-¿”Farsantes”?, sí-, dijo Sofía, –pero  preferimos que nos llamen creyentes, o religiosos, nosotros no engañamos a nadie. (A las pocas personas que todavía creían en alguna de las religiones se les llamaban “farsantes”, porque hace algún tiempo intentaban convencer a los demás de que su religión era la buena; ahora estaban perseguidos bajo pena de muerte).
Sibil bajó la cabeza; arrepentido.
–No te preocupes, estamos acostumbrados.
–He visto un vigilante antes de entrar aquí-, dijo Sibil, mirando a la mujer.
–Nos han encontrado-, gritó ella, asustada.
–Seguro que solamente estaba haciendo una ronda-. Digo “Gran Danés”, intentando tranquilizarla; pero se notaba en su voz un temblor de miedo.
Sibil les miró a los dos; él sabía que los vigilantes no hacían rondas, él los había diseñado. Para eso estaban los humanos. Con aquella flora era cuestión de minutos que los detectara el radar del vigilante y entrase el ejercito en tromba a arrasar con todo y con todos.
–Debemos salir de aquí ya-, susurró sibil, mirando hacia uno de los vitrales. Se veía una sombra sobrevolando el edificio; los habían encontrado. “Gran Danés” miró donde miraba Sibil, en ese momento el vigilante entró destrozando los cristales.
–Rápido Sofía, escóndete en la sacristía-. Gritó el gigante. La mujer salió corriendo y desapareció en un momento.
Un grupo de cinco hombres entraron derribando la puerta principal. Rocco saltó sobre uno de ellos mordiéndole la garganta y arrancándosela de cuajo antes de recibir un tiro que acabó con su vida. Sibil cogió su arma y disparó contra el vigilante, mientras aquella maquina siguiese volando seguiría mandando soldados. El aparato cayó con un estruendo. Los soldados miraron atónitos al vigilante en el suelo. Era casi imposible destruir esas maquinas y ese hombre había acabado con ella de un disparo. Sibil apuntó a uno de los militares y disparó volándole la cabeza. “Gran Danés” comenzó a disparar, pero se veía que no había disparado nunca. Una de las balas perdidas impacto en el corazón de un soldado antes de que una ráfaga de balas entrasen en su cuerpo. Sibil le miró ya en el suelo.
–Cuida de mi mujer, por favor-. Fue lo último que dijo.
–Te lo juro por tu dios-. Pensó. Sibil. Comenzó a disparar contra los soldados, pero otro grupo entró de inmediato. No tenía salida.
Corrió hasta la sacristía; la puerta estaba cerrada, pegó una patada y la abrió. En un rincón se encontraba la mujer; llorando.
–Vámonos de aquí-, gritó Sibil. La mujer se levantó y  le agarró de la mano. Rompió la puerta que daba al sótano y bajaron por las escaleras saliendo por el agujero que había en la pared. La puerta principal estaba atestada de militares, pero por la parte de atrás no había nadie, era un fallo que siempre cometía el ejercito, y él lo sabía.
Salieron corriendo entre las sombras.
Ahora el Ex teniente Sibil fresh, además de cuidar de el mismo, había jurado que cuidaría de aquella mujer embarazada.
   

miércoles, 25 de abril de 2012

ANDANDO

Dibujo realizado por Raúl A Q


Hoy estoy triste; ando por el barrio; las calles están completamente vacías, aunque tengo que ir esquivando gente. Ando perdido entre el laberinto de calles sin tener donde ir; busco algo, quizá la busque a ella. Paseo por nuestro parque y me siento en el banco donde nos dimos nuestro primer beso; solo queda un litro de cerveza roto en el suelo y varias colillas ¡Todo parece tan lejano! Pero sigo oliendo su colonia, aquella que le regalé en nuestro primer aniversario. Yo tenía quince años y ella, catorce.
   Veo el escaparate de la joyería donde mirábamos nuestras alianzas. Cuando encontrásemos trabajo nos las compraríamos para que todos supieran que estábamos prometidos. Era un pensamiento anticuado, pero a nosotros nos gustaba. En el escaparate en lugar de nuestras alianzas ahora hay un reloj de titanio, quizás otra pareja las compró, espero que sean muy felices en su matrimonio.
   Sigo andando y llego a la puerta de su portal, donde nos despedíamos cada noche, yo no me quería ir y ella no quería que me fuera. Nos besábamos como si fuese el último día que nos veíamos. ¡Dios, cómo echo de menos sus besos! Su madre bajaba la basura y siempre nos veía abrazados; la mujer nos regañaba, pero en su cara se veía una sonrisa cómplice.
   A la madre le caía bien, pero su padre no me podía ni ver. La verdad es que de niño no era lo que se puede decir un buen chico y muchas de mis trastadas iban contra el coche del pobre hombre, ¡no sé cuantas ruedas tuvo que cambiar por mi culpa!
   Paso por su instituto, donde la esperaba a que saliese para dar una vuelta y comprarnos un bollo en la panadería de enfrente del parque; ahora es una tienda de chinos. Veo a un chaval esperando a su chica y sonrío. Los tiempos han cambiado, pero no tanto.
  Paso por la calle donde tuvimos el accidente con la moto. Yo me rompí un brazo, por suerte ella solo se hizo un par de arañazos. Su padre se enteró y no me dejaba verla. Mis amigos me decían que no era para tanto, que con dieciocho años no podía estar tan mal por una chica. ¡¿Ellos qué sabrían del amor?! Sí, todavía era joven, pero mi amor por ella era tan fuerte como el de cualquiera.
   Entro en lo que antes era el bar del Charly, ahora es una especie de pub irlandés, pido una cerveza y me da cincuenta a elegir; pido una que este muy fría, el camarero me mira con cara rara, me pone la cerveza y se va.
   Miro al fondo del bar donde antes estaba la mesa donde nos sentábamos; ahora hay una maquina de dardos electrónica.
   Recuerdo aquel día en que la vi con otro chico en nuestra misma mesa. Sin dejarle explicarse le abrí la cabeza con un vaso y le rompí dos costillas a patadas, mientras ella me gritaba que no le pegase más, que no tenía nada que ver con ella. Resultó que el chaval era el novio de una de sus amigas. Ella me dijo que estaba loco y que no me quería volver a ver. ¡Como me dolieron sus palabras!
   Recuerdo cuando le pedí perdón por pegar a su amigo y le roge que volviese conmigo.
   Pienso en aquel día en que se enfrentó a su padre, diciéndole que estaba completamente enamorada de mí y que se escaparía de casa si no podía estar conmigo. Su padre accedió de mala gana aunque sabía que había cambiado y que estaba trabajando.
   Paso por la tienda de ropa donde empezó a trabajar, vendiendo ropa para mujeres mayores. Pronto se hizo con toda la clientela y todas las mujeres la pedían sus consejos para comprarse las prendas. Siempre atendía con su preciosa sonrisa en la cara.         Recuerdo que algunas mujeres me decían que si no fuese porque estaba saliendo conmigo se la presentarían a sus hijos o a sus nietos; a mí, lejos de molestarme, me gustaba escucharlo pues me demostraba la chica tan maravillosa que tenía.
   Me detengo en el mismo lugar donde nos paramos para darnos todos los besos y abrazos que me harían falta cuando estuviese en Melilla cumpliendo el servicio militar. Recuerdo que lloraba como si no me fuese a ver más.
   Paso por los edificios donde queríamos comprar nuestra casa, con jardín y piscina.   ¡Cuántas veces pensábamos en los muebles del salón y de la cocina!
   Recuerdo el brillo de sus ojos y su risa cuasi histérica, cómo me abrazaba y los besos que me daba cuando le dije que nos habían concedido el crédito. Yo era feliz viéndola feliz.
   Alguien me saluda pero ni siquiera le veo; sigo pensando en ella y en sus ojos, en esa mirada que era capaz de derretir el hielo con tan solo proponérselo.
   Entro en la floristería donde le compraba rosas cuando se enfadaba conmigo. Me gustaba la fingida cara de enfadada que ponía cuando le pedía perdón de rodillas y con la rosa  en la mano. Todavía recuerdo cómo me abrazaba y me llamaba “tonto” con una sonrisa.
   Compro un ramo de flores y salgo de la tienda. Es de los pocos sitios que todavía siguen teniendo los mismos dueños. Llego a la puerta del cementerio; saludo a Pablo y hablamos un rato de cosas triviales. Estudiamos juntos y nunca se metía en problemas; no se llevaba mal con nadie y siempre estaba dispuesto a ayudar.
   Recuerdo aquel fatídico día que me llamaron del hospital diciéndome que había sufrido un accidente y que estaba en coma. La veo con todos esos tubos clavados en su pequeño cuerpecito y esa maldita maquina con su cansino “bip, bip”.
   Llego a su tumba y allí está Rafa, su padre. Nos fundimos en un abrazo y nos echamos a llorar. Limpiamos la lápida y colocamos las flores sobre ella.
   Hoy es su cumpleaños; hoy cumpliría los treinta. Hoy, después de cinco años, aun la sigo amando.

lunes, 27 de febrero de 2012

MENUDA NOCHECITA


Imagen sacada de google

La noche no empezó con buen pie; y nunca mejor dicho; nada más salir de casa, un perro había depositado todo su regalito en medio de la puerta y mi pie derecho se hizo cargo de él, con el consiguiente resbalón que casi me hace ir al suelo.
Cien metros antes de llegar al coche, una nube se reveló contra mí y comenzó a llover; no encontraba las llaves del coche y para colmo otro vehículo había estacionado pegado al mío imposibilitándome la entrada por la puerta del conductor.  Di un rodeo para entrar por el lado del copiloto; al intentar pasar de un asiento a otro toqué con mi pie la palanca de cambios llenándola de aquella olorosa plasta marrón.
Intenté salir del aparcamiento sin rozar un ápice mi coche nuevo con el coche del lado izquierdo, ya que al otro lado solo se encontraba la acera. Miraba por el espejo. Aunque por escasos centímetros y girando poco a poco el coche salía perfectamente; cuando de repente escuché un ruido como de chapa aplastada. Miré por el espejo interior y nada, miré por los exteriores y tampoco; debía de ser mi subconsciente que me jugaba una mala pasada. Aceleré un poco más y el ruido se hizo más fuerte. Bajé del coche y vi como dentro de la aleta derecha se había incrustado un bolardo de esos que colocan encima de las acerar para no aparcar encima de ellas; esta vez el bolardo aparcó dentro de mi coche. Un coche recién estrenado y ya tenia un buen golpe.
Intenté no pensar en ello y continué mi camino. En la segunda rotonda que pasé un policía me esperaba con una gran sonrisa que disimulaba muy bien poniendo cara de cabreado.
–Buenas noches –dijo el policía tocándose la gorra con la punta de los dedos de su mano derecha.
–Buenas noches –contesté yo.
– ¿sabe por qué le he parado? –preguntó el policía.
Cuando un policía te pregunta eso es que te ha parado por algo y a mí se me pone cara de culpable enseguida y comienzo a tartamudear. –N-n-n-no –dije yo.
 –Pues, le he parado porque se ha saltado usted un “stop”  – me dijo, como si acabase de descubrir la penicilina.
 –Señor agente lo que –lo que- lo que passsa es que no-no venia nadie, y bueno…
El policía me miró con cara de: –eso me importa un huevo– que es una de las caras que les enseñan a poner en la academia. –la multa son  noventa euros, ¿desea firmar?
Miré al agente e hice un movimiento negativo con la cabeza.  Se echó de nuevo los dedos a la gorra –buenas noches.
Vale, Había pisado una mierda, destrozado el lateral del coche y me habían multado. ¿Qué más me podría pasar?
Llegué a su casa, ella esperaba en el portal bajo un paraguas rosa; su pelo rubio caía por sus hombros como una catarata de oro fundido, mirar sus ojos azules era como mirar el agua en un arrecife de coral, su cuerpo era como la mejor guitarra que pudiese fabricar la mano del hombre.
Toqué el claxon; ella se acercó con una graciosa carrera y una sonrisa en su rostro. Abrió la puerta del coche y se metió dentro. –Hola cariño –dijo, mientras me daba un beso en la mejilla.
Entonces escuché su voz, no sé si los cantos de las sirenas sonaban a si, pero no me extraña que los marinos que viajaban con Ulises se tapasen los oídos con cera.
Era la voz más aguda y más desagradable que había escuchado en mi vida. Era una de esas voces que es capaz de perforarte el tímpano. Y ¿Qué es eso de “cariño”? Si solo nos habíamos visto una vez y en una discoteca.
Sonreí, y miré sus ojos, eso compensaba lo desagradable de su voz.  – ¿Dónde vamos? –pregunté. 
–Sorpréndeme-, contestó, pero yo solo oí el chillido que da una rata al pisarla.
Llegamos a un restaurante y pedí mesa para dos; el camarero me miro con cara de: “¿Qué hace un tipo como este con una mujer así?”
Nos sentaron en la mesa más pegada que había a la puerta del servicio de caballeros, perdí la cuenta de las cremalleras que vi subir aquella noche.
Pedimos la cena y una Botella de vino que costaba la mitad de mi sueldo. Pero una noche es una noche y estar con una chica así (cuando esta callada) no se hace todos los días.
Comenzamos a hablar de cosas vánales, intentando ser yo quien más hablase para no tener que volver a escuchar su voz.
El camarero llegó con nuestra comida, tropezó un metro antes de llegar a la mesa, y la sopa que habíamos pedido terminó duchándome por completo. Ella soltó una carcajada que hizo a todos los clientes del restaurante girar sus cabezas hacia nuestra posición. Era una risa nasal, entrecortada; indescriptible.
 Cuando terminó de reírse me miró fijamente y estuvo así varios segundos. Los dos mirándonos; callados.
– ¿No te hace sentir incomodo estos silencios en los que no se sabe que decir? –comentó con una sonrisa.
Noté la sopa caliente sobre mi pecho, noté una rabia incontenida que me subía desde el estomago hasta la frente.  –No, no me siento incomodo con estos silencios, pero si me siento incomodo intentando hacerte sentir bien contándote historias que la mayoría son mentiras para que te creas que soy mejor de lo que en realidad soy. Me siento incomodo intentando hacer que todo lo que me cuentas me interesa, cuando en realidad no me importa un carajo. Me siento incomodo escuchando tu estridente risa que me  hace sentir vergüenza ajena. Y sobre todo me siento incomodo al escuchar tu maldita voz que me taladra el cerebro con cada palabra que pronuncias.
Al verla levantarse con el consiguiente enfado, miré su escote y me arrepentí de todas las palabras que salieron de mi boca; una a una; y con el balanceo de aquellos pechos que se alejaban de mí, deseaba más y más haberme mordido la lengua.

Ahora estoy en casa después de venir en taxi, pues la grúa se llevó mi coche, creo que me he constipado y pensando en ese cuerpo que dejé escapar, pero yo soy así, no sé estar callado ni cuando me interesa. 
        

lunes, 23 de enero de 2012

FUMETAMAN BEGINS



Dibujo realizado por Raúl A Q

Ser superhéroe no era como contaban en los comic. Él había intervenido en un par de casos y no había recibido ni las gracias, es más, en el último de ellos la mujer que salvó la vida le fracturó dos costillas. Y para colmo, ni siquiera los periódicos hablaban de él.
Pero esta noche seria diferente; conseguiría resolver un caso en el que hablarían de él todos los noticieros, e incluso en el sálvame de luxe.
Tendría un grupo de fans, grupees detrás de él para que les firmase autógrafos y posiblemente algo más.
Convencido, se puso su traje y decidió salir por la puerta. (Salir por la ventana no se le daba nada bien).
Al llegar al rellano se encontró con la señora María que al verle con esas pintas se asustó e intentó agredirle con el bastón. Salió corriendo por la puerta, no sin antes sentir un bastonazo en la espalda. –Joder, hasta los bastones los hacen ya de metal, los podrían hacer de madera como los de toda la vida.
Pensó que la próxima vez tendría que tener más cuidado; menos mal que la señora María sufría alzhéimer y mañana no se acordaría de nada, no como el cabrón de su marido que todavía le recordaba cada vez que le veía que le había roto las gafas de un balonazo siendo niño.
Andana entre las sombras de las calles buscando algo importante, nada de chorizos de poca monta, o violadores. Buscaba algo más gordo. El robo de una joyería o el atraco a un banco.
Mientras continuaba pensando en ello, vio a tres hombres que le estaban propinado una paliza a otro. Se detuvo un momento pensando en ayudarle. El hombre le miró a los ojos, con la cara llena de sangre y estirando una mano en forma de suplica. –Si se puede mover, se puede defender él solo-. Pensó, continuó su camino.
Al girar la esquina vio una gran llamarada proveniente del final de la calle.
Un edificio estaba ardiendo y una multitud se agolpaba fuera; eso era lo que estaba buscando. No sabía si sus súper poderes le hacían vulnerable al fuego; enseguida lo comprobaría.
Se saltó el cordón policial y corrió como un gamo hacia el portal, subió por las escaleras; el humo ya llegaba al segundo piso y todavía tenia que subir otros dos más. Comenzaron a llorarle los ojos y se tapó la boca con el guante.
La puerta estaba abierta de par en par. Entró en la casa entre las llamas; en medio del salón se encontraba una mujer de unos ciento vente kilos tirada en el suelo, a su lado un gatito le lamia la cara a la mujer.
Intentó levantarla, pero el humo había inutilizado su súper fuerza y solo consiguió arrastrarla un par de metros. –No puedo hacer nada por ella.
Agarró al gato y salió de allí a toda velocidad. Al bajar por las escaleras se cruzó con dos bomberos que le gritaban que saliese de allí de inmediato.
Salió del portal, pensó en hacer como Spiderman, dejar el gato en el suelo y desaparecer; así daría más intriga a su personaje.
Dejó suavemente el gato en el suelo y salió corriendo. Cuando llevaba unos doscientos metros recorridos miró atrás y vio como el gato volvía a entrar por el portal.
Al día siguiente se levantó temprano para comprar el periódico. Una foto del edificio en llamas era la portada.
Se fue a la cafetería de enfrente, pidió un café, se sentó y comenzó a leer:

Los bomberos rescatan a una mujer en un edificio en llamas en el centro de la ciudad…
Mientras, en ese mismo incendio, un hombre disfrazado con un traje barato de Batman abandonaba a un gato que terminó siendo pasto de las llamas.

Detrás de él, dos mujeres hablaban que un hombre muy raro había intentado violar a la señora María.                

jueves, 5 de enero de 2012

EN LA OSCURIDAD ( IN THE DARK)

Imagen sacada de google


Tantos lugares que visitar, tantas personas por conocer; y yo aquí, sentado, viendo la televisión, sin hacerle mucho caso.
Las manos aún me tiemblan por el miedo; si cierro los ojos se me presenta su fantasma, intentando asustarme; y créeme si te digo que lo consigue.
Sobre la mesita del salón el arma homicida; un pequeño charco de sangre sobre la alfombra no me deja olvidar lo que pasó.
Me pongo otra taza de café, creo que ya es la sexta que me tomó y mis manos siguen temblando. Son las tres de las mañana.
Un ruido me despierta; me he quedado dormido en el sillón sin darme cuenta; todo esta oscuro; seguramente se ha vuelto a ir la luz.
Miro el reloj; se ha parado a las cuatro y dieciséis; la misma hora que marcaba su reloj antes de romperse al golpear contra el suelo.
Cojo la linterna del cajón del mueble y me dirijo a la caja de fusibles; es la quinta vez que saltan los plomos en esta semana, y siempre a la misma hora.
Bajo al sótano. Un escalofrío recorre mi cuerpo; noto una presencia tras de mí, pero al girarme no hay nadie; la luz de la linterna parpadea un momento y después se apaga. Todo queda a oscuras.
La echo de menos; recuerdo su sonrisa, la forma que tenía de atusar su larga melena; a veces, incluso pudo oler su perfume.
Acciono el automático, pero no funciona y todo continúa a oscuras. El frío me cala los huesos; lo único que pudo ver es el vaho que sale de mi boca con cada respiración.
Me agarro a la barandilla; esta congelada; noto la humedad que traspasa mi mano; el crujir de los tablones de las escaleras me intranquiliza.
La puerta no abre; noto que me falta la respiración; intento respirar profundamente y un olor putrefacto se impregna en mi garganta; me entra una arcada y me apoyo contra la pared.
Me encuentro en el suelo, tirado, muerto de frio; me duele la cabeza, me toco y noto que tengo sangre; quizá me mareé y me golpeé contra el suelo.
No sé cuanto tiempo llevo aquí; estoy congelado; no puedo mover las manos, pero no me tiemblan.
La linterna está en el suelo; alumbrando; sigo el haz de luz con la mirada y puedo distinguir unos pies. – ¿Quién hay a ahí? –Pregunto, pero nadie contesta.
Recojo la linterna y busco; no hay nadie. Alumbro con la luz el lugar donde la enterré. La tierra esta movida, como si alguien hubiese desenterrado su cuerpo.
Una gota de sudor frío baja por mi sien; una pregunta en un susurro atraviesa mi cabeza como una bala disparada a quemarropa. Me tapo los oídos.
–¿Por qué? –Retumba en mi cabeza. –¿Por qué? –Retumba en las paredes del sótano. El hedor a podrido cada vez es más intenso; vomito; la linterna se vuelve a apagar.
Siento que algo me roza el brazo y me giro; se oyen unas risas. –Fue un accidente –grito. Me vuelve a rozar. –Te juro que fue un accidente.
Recuerdo su cuerpo tirado en el suelo; convulsionando; yo con la figura de bronce en la mano, la base cubierta de sangre. Intente reanimarla, pero ya era demasiado tarde.
El frío cada vez es más intenso; me duelen todos los miembros. Intento abrir la puerta, pero sigue cerrada. Algo me empuja y caigo rodando por la escalera. Me duele la espalda y creo que tengo la pierna rota; intento arrastrarme hacia los escalones. –¿Por qué? Vuelve a retumbar.
 –Fue sin querer, cariño, perdóname.
Noto su cuerpo encima del mio; el olor a muerte se mezcla con mi olor a miedo. La linterna se enciende y puedo ver la figura de bronce en su brazo descompuesto. Siento un fuerte golpe en la cabeza; todo se oscurece; estoy muerto. Ha consumado su venganza.    
   

viernes, 30 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE MUNDO PROFUNDO VII (FINAL)

Y para terminar el año termino con las "historias de mundo profundo" espero que os haya gustado.
Un abrazo y feliz año nuevo.

****

Hormel llegó hasta Serina, la ciudad del poder. Todos en esa ciudad conocían la historia
de la piedra, pero nunca nadie había conseguido bajar de la montaña con vida, pero sabía que su espada, su alforja y él bajarían intactos. Lo sabía desde el mismo instante en que vio a su bestia terminar con Sorana con una simple orden suya. El Armiol era un animal fuerte e inteligente.
Le dio pena ver morir a Sorana pero ya se lo había advertido y Hormel era un hombre de palabra. –No vuelvas a engañarme, o por Falet que acabare con tu vida.
Pronto descubrió porque la montaña de la Pena se llamaba así; una gran tristeza se apoderó de su alma; nunca había llorado, pero se le hizo un nudo en la garganta, no tenía ganas de continuar andando pero su bestia empujaba de él para subir a la cima.
A escasos metros de la cima una saeta le rozó la oreja haciéndole un profundo corte del que manaba un chorro de sangre, el pequeño Armiol se puso nervioso, el olor a sangre humana le excitaba.
Pesadamente Hormel se dio la vuelta y vio que Sorana se acercaba cojeando y maltrecha; andaba despacio y parecía que estaba llorando.
La bestia comenzó a gruñir, estaba dispuesto a abalanzarse sobre ella, pero un cansado gesto de Hormel le detuvo. Sorana se sentó a unos cien metros de Hormel que mando a su mascota que fuese a por ella.
Sorana sacó su falcata al ver acercarse a la bestia, pero se le cayó de las manos sin fuerzas, el animal se acercó a ella y comenzó a lamerla las manos. Sorana se agarró como pudo al cuello de la bestia y el Armiol cargó con ella hasta la posición donde se encontraba Hormel.
Llorando le pregunto por qué la intento matar, pero Hormel no contestó, sentía una un profundo pesar por lo que había hecho, intento pedir perdón, pero las palabras no salían de su boca.
Se agarró al animal y le ordenó que subiera hacia arriba. Poco a poco iban recuperando su estado de ánimo, según se acercaban a la cima. Se soltaron del animal y continuaron a pie con las fuerzas renovadas. Subieron a la cima; la piedra brillaba con todos los colores; Hormel la cogió con las dos manos mientras una falcata brillaba antes de teñirse de sangre.  
La piedra se le escapó de las manos cayendo por la montaña y haciéndose mil pedazos mientras el Armiol se lanzaba al cuello de Sorana, apretando hasta que dejó de respirar.
El animal se tumbó junto a su amo, mientras aullaba mirando a la luna.  

jueves, 29 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE MUNDO PROFUNDO VI

Se quedó impresionada al ver la magnífica estatua del dios Sudok,
Mediría unos dieciséis pies de alto, era de oro macizo y sostenía el su mano una esmeralda del tamaño de un huevo de avestruz.
Trepó por la estatua hasta llegar a la gran mano ayudándose con su daga, se apoderó de la piedra preciosa y la metió en la alforja.
Al llegar al suelo escuchó un crujir metálico a su espalda, se giró y en ese mismo momento la estatua de oro cobró vida.
Sorana armó su arco con una saeta y disparó, la flecha rebotó en la escultura como si le hubiese caído una miga de pan.
Colocó otro dardo en el arco, apuntando al ojo, pero obtuvo el mismo resultado que el anterior.
El dios estatua avanzaba hacia ella a grandes pasos, sacó su espada mientras retrocedía.
Sudok lanzó una mano intentando golpear a Sorana, pero esta la esquivó echándose al suelo, intentó clavar su espada en el pie de la estatua, pero solo consiguió arañar un poco el oro.
Dos guardianes que escucharon el ruido entraron en el templo a la carrera; al ver a la estatua moviéndose se quedaron asombrados, se arrodillaron y comenzaron a rezarle. Sudok fue hacia ellos y los pisó con su pie derecho, dejándolos aplastados contra el suelo y sin vida.
La mujer aprovechó ese instante para correr hacia el interior de la sala llegando al pedestal donde antes descansaba la estatua. Vio una inscripción en la que antes no se había fijado: “Una piedra me da la vida, la….” El dios llegó a ella rápidamente y lanzó un puntapié, pero Sorana se movió deprisa y solamente la rozó en el costado. Lo suficiente para dejarla un momento sin aire. La mujer intentó recuperar la respiración, la estatua soltó un puñetazo que Sorana esquivó con dificultad. El golpe creó un socavón en el piso, haciendo temblar todo el templo.
Las paredes comenzaron a agrietarse, los pilares se derrumbaban, todo el templo parecía que se iba a venir abajo.
Sorana volvió a encontrarse frente al pedestal: “una piedra me da la vida, otra me la quita”.
El gigante dorado saltó al lugar donde se encontraba la mujer, pero pudo pasar entre sus piernas; al girarse nuevamente observó que la estatua tenía un rubí del mismo tamaño que la esmeralda, en el omoplato derecho.
El templo se iba desmoronando poco a poco, los pilares caían uno a uno. Sorana escaló por uno de ellos y de un salto felino se colocó en el hombro derecho de la estatua. El gigante dorado daba vueltas sobre sí mismo intentando quitarse a la mujer de encima. Sorana tuvo que agarrarse fuertemente para no caerse y con la punta de su falcata hizo palanca sobre el rubí haciéndolo saltar de su sitio. El dios se quedó parado y comenzó a caer a la vez que se desquebrajaba el ultimo pilar del templo.

martes, 27 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE MUNDO PROFUNDO V

Era noche cerrada; corría un fuerte viento del este; Hormel seguía el camino que llevaba a Bidós. Le hervía la sangre; Sorana le había vuelto a engañar, no le gustaba hacer daño a las mujeres, pero ella era el mismo diablo.
A dos millas de la entrada de Bidós, le salieron al paso tres Animols.
Los Armiols eran una especie de animal mitad pantera, mitad oso,
Eran  grandes como osos, pero ágiles como panteras y muy feroces.
Se pusieron los tres obstruyendo el camino, mientras le gruñían.
Hormel sonrío con su sonrisa ladeada, estaba muy enfadado y había encontrado contra quien descargar su rabia.
Los tres animales le rodeaban mientras Hormel sacaba su espada.
Las bestias intentaban oler el miedo, pero el miedo no existía en Hormel.
Veía los ojos brillantes de los animales y sus grandes colmillos blancos.
Uno de ellos se acercó a él y le levantó sobre sus patas traseras poniendo su hocico a escasos centímetros de su cara, echándole el aliento en el rostro, el pestilente aliento. Eso hizo enfurecer aún más a Hormel que clavó su espada entre las costillas del animal  haciéndole caer al suelo redondo. Antes de sacar la espada del animal, otra de las fieras se lanzó contra él tirándole contra el piso, desarmado, el Armiol intentaba morderle el cuello, pero Hormel con un movimiento rápido le agarró de las mandíbulas y haciendo un esfuerzo sobrehumano se las arrancó de un solo tirón, se levantó rápidamente.
El último animal daba vueltas alrededor de él, gruñendo, tenía miedo, pero tenía más hambre.
Hormel sacó la espada del primer Armiol y se puso en guardia esperando el ataque. La bestia hacia los círculos cada vez más estrechos y Hormel giraba siguiendo los movimientos del animal.
El Armiol se detuvo un momento y miró hacia un lado, se oía algo parecido al llanto de un bebe. Hormel saltó sobre la bestia y hundió su espada en el lomo del animal, este se puso de pie dando un tremendo alarido y haciendo caer al hombre de espaldas.
Los lloros del niño cada vez eran más fuertes, Hormel se acercó y vio que no era un niño, si no una cría de Armiol. Hormel levantó su espada para acabar con el pequeño animal, pero le vio la carita y le dio pena.
Saco un mendrugo de pan y un trozo de cecina de jabalí y se lo dio al animal. Después de devorar con avidez la comida se acercó al hombre y le empezó a lamer la mano. Aunque acababa de matar a toda su familia el animal mostraba signos de cariño. Hormel le acaricio la cabeza un momento y reanudo su viaje, la pequeña bestia le seguía unos metros por detrás. Hormel vio que le seguía, le espero a un lado del camino. El Armiol se pegó a él y continuaron los dos juntos el camino a Bidós. Era el comienzo de una gran amistad.

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